Hace poco me senté a diseñar algo para mí, sin ningún objetivo puntual, solo con ganas de crear. Agarré una hoja, el lápiz, la regla. Y en vez de armar algo súper cargado, con mil detalles, mi mano fue directo hacia lo simple: una cuadrícula, una forma geométrica limpia, casi nada más. Me quedé mirándola un rato, y pensé: qué distinto a como imaginaba que iba a ser mi trabajo con los años.
Pensé que con el tiempo me volvería más compleja
Durante mucho tiempo creí que, a medida que fuera creciendo en este mundo del mosaico, mis trabajos iban a ser cada vez más complejos: más técnica, más detalle, más color. Y me pasó todo lo contrario.
Lo que aprendí enseñando
Llevo más de 15 años en este camino del mosaico. Al principio creaba solo para mí, para explorar, para aprender. Después tuve la oportunidad de pasar por distintos talleres y aprender de distintos profesores, y un tiempo después empecé a dar clases. Ahí aprendí algo que siempre les cuento a mis alumnos: enseñar es la forma más profunda de aprendizaje. Recuerdo que una vez leí esto en alguna parte: lo que lees se olvida rápido, lo que estudias se fija, pero lo que enseñas a otros, ya no se te va nunca más.
Crecer no es acumular técnica
Creo que esa vuelta hacia lo simple tiene que ver justamente con eso: con todo lo que aprendí guiando a tantas personas en su proceso, acompañándolas con sus miedos, con sus dudas. Ahí entendí algo. Crecer en el arte no es ir sumando técnica tras técnica. Es aprender a usar lo que ya sabemos para decir lo que de verdad queremos decir. Y muchas veces, buscando la complejidad, nos exigimos de más, cuando una obra sencilla, bien pensada, con intención, dice mucho más que una llena de materiales, detalles y técnicas.
Lo complejo no está mal, pero no es lo único
Ojo, con esto no quiero decir que lo complejo esté mal. Tiene su valor, su encanto, y eso nadie lo discute. Pero se nos olvida la potencia que tiene lo simple. Piensa en esos artistas que con tres trazos logran algo maravilloso. No es que no sepan pintar, ni que les falte técnica: al contrario, detrás de esa síntesis casi siempre hay años de conocimiento. Supieron quedarse solo con lo esencial.
Volviendo a mi dibujo
Llegar a hacer algo simple pero que igual te mueva algo por dentro, requiere parar un poco la cabeza y dejar que fluya. A veces alcanza con una madera, una cuadrícula básica, y una intención clara, para lograr un mosaico que conmueva. Hoy puedo pasarme horas mirando diseños geométricos sencillos, disfrutando de su belleza, sin sentir que "les falta algo".
Una invitación
Si te identificás con esta presión de "lo complejo", te invito a reconciliarte con la belleza de lo simple. Elegí una forma geométrica básica, dibujala en una madera, y ánimate a mosaiquearla con una sola intención clara. No hace falta más que eso para lograr algo que emocione.
¿Ya probaste hacer algo simple a propósito? Cuéntame en los comentarios cómo te fue.
Un abrazo mosaiquero,
María Angélica Aya
LasAya Casa Musivo / Academia Comunidad Mosaiquera