En el taller, y también con mis alumnas virtuales, escucho seguido preguntas como "¿cuánto tiempo me va a llevar hacer este trabajo? No quiero tardar tanto", o "la verdad que prefiero algo que se pueda terminar rápido". Es una inquietud comprensible, sobre todo hoy, cuando todo parece medirse en velocidad. Pero con los años aprendí algo distinto sobre el mosaico, y quiero compartirlo en este artículo.
La paciencia es proporcional al disfrute
Hace poco escuchaba a una fotógrafa colombiana que admiro, Jimena Palacio, hablando sobre su propio proceso de renacer —uno lento, que le llevó años y también disfrute. Dijo una frase que se me quedó grabada: "las cosas más bonitas de la vida se cocinan lentamente". Esa idea aplica exactamente igual al mosaico.
Saber esperar nos permite valorar más el proceso, reducir la ansiedad, y saborear mejor tanto los logros como las experiencias cotidianas. Disfrutar de pegar cada tesela sobre el soporte, pensar cómo cortarla, cómo encajarla, ir viendo el avance poco a poco: todo eso genera disfrute y satisfacción. Nos da calma, nos frena, nos obliga a bajar el ritmo.
Vivimos en un momento donde todo es ahora, todo es rápido, y nos estamos adaptando a esa vida llena de vértigo, dejando la paciencia de lado. Y eso, lejos de ayudarnos, nos aleja de conectar con el presente.
Por qué el esfuerzo hace más grande la recompensa
Cuando hacemos un mosaico que nos cuesta un poco más, donde realmente nos exigimos, eso hace que la recompensa al terminarlo sea muchísimo más grande que si hubiera sido fácil desde el principio. Y cuando soltamos la urgencia, disminuye la frustración, y se abre paso el disfrute de las pequeñas cosas.
Lo que aprendí en 15 años haciendo mosaico
En estos 15 años de recorrido en el mosaico, tuve la oportunidad de hacer proyectos con muchas horas de trabajo, y también proyectos que pensé fáciles a propósito, solo para terminarlos cuanto antes. Y te soy sincera: cada vez que terminé un proyecto rápido y fácil, sentí que había cumplido con lo que me propuse... y ya. Nada más.
Pero cuando hice proyectos que me llevaron tiempo, desafíos, esfuerzo, la satisfacción al terminarlos fue tan inmensa que me quedan ganas de querer encarar ese tipo de proyectos una y otra vez.
Terminar un proyecto así genera un disfrute distinto, algo grande que se siente en el medio del pecho. Y cuando pasa el tiempo y volvés a verlo, te reconectás con ese mismo sentimiento. A mí me pasa: me acerco, quiero tocar las teselas, sentirlas entre mis dedos mientras recorro con la mano todo el mosaico.
Para cerrar
La próxima vez que sientas la tentación de elegir el camino más rápido para terminar antes, te invito a hacerte esta pregunta: ¿qué pasaría si, en cambio, disfrutás el camino?
¿Alguna vez te pasó esto con un proyecto propio? Contámelo en los comentarios, me encantaría leerte.